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Nacionales

1ro. De julio

Se cumple hoy un año del triunfo arrollador, abrumador, de López Obrador y acompañantes. Cuando algo ocurre, sobran quienes afirman que era ineludible que ocurriese. Hasta nombre tiene esa falacia: después de ocurrido, era obligado que ocurriese (post hoc, ergo propter hoc).

Creo que ya tenemos suficiente evidencia para entender esa elección. Resaltaría tres elementos que me parecen los más importantes. Primero, el agotamiento por la violencia y el hartazgo frente a la corrupción. Aunque esta ha estado presente en México por mucho tiempo, y es, a mi juicio, consustancial al viejo régimen priista, los quince años previos a Peña Nieto hicieron pensar en que las cosas podrían mejorar, aunque fuese un poco. Ese gobierno recordó a los más viejos lo que era el PRI, y lo enseñó a los jóvenes. El fracaso de esa administración produjo un amplísimo voto de castigo.

En segundo lugar, el entorno internacional, en el que privan el miedo y el enojo, ha abierto el espacio a líderes sin escrúpulos, mucho más que de costumbre. Esta cohorte de líderes políticos no tiene respeto alguno por la verdad, y mienten sin recato. A ese grupo pertenece Trump, sin duda, pero también otros políticos estadounidenses; los británicos del Brexit, especialmente el potencial próximo primer ministro, Boris Johnson; los gobernantes de buena parte de Europa del Este; y por nuestros rumbos, López, Bolsonaro, Bukele y los que se sumen.

Pero el tercer punto es el relevante, a mi juicio. El voto de castigo hacía imposible que el PRI compitiera de verdad en la elección de hace un año, y el contexto internacional sin duda favorecía a un mentiroso como López, pero su victoria no se consolidó ahí, sino en su arreglo con Peña Nieto. Basta ver el comportamiento de las encuestas en los primeros tres meses de 2018 para valuar el tamaño del golpe que significó la acusación falsa de la PGR contra Ricardo Anaya. Con todos los defectos que este político pueda tener, su candidatura tenía posibilidades reales, y amplias, de captar el voto de castigo al PRI, hasta que su honestidad se puso en duda. Muchos meses después se reconoció que era una acusación falsa, pero el daño es irreparable.

Los historiadores, en algunas décadas, decidirán si hay suficiente evidencia del pacto entre Peña Nieto y López Obrador. Yo creo que la hay, tanto en el golpe electoral, como en la displicencia de la actual administración para castigar la corrupción, como habían dicho que harían. Tampoco puede dejarse de lado la migración priista hacia Morena, de hecho y de derecho, o la entrega inmediata del poder exactamente hace 364 días, sin transición de por medio.

A pesar de que el triunfo de López Obrador es resultado de la voluntad popular de enfrentar violencia y corrupción, así como de las componendas de la mafia del poder (ahora sí), él y sus colaboradores están convencidos de que tienen el mandato de transformar el régimen político. El ánimo de trascender y la pulsión autoritaria de López sostienen esa creencia, y por ello todo este año ha consistido en concentrar poder en su persona.

Les falta sólo contar con mayoría calificada en el Congreso, y en eso están. Por un lado, se aplicó sobrerrepresentación a cada uno de los partidos de su alianza; por otro, capturaron a los satélites del PRI; finalmente, están comprando los votos de diputados de forma individual. Así es como han logrado más de dos tercios de la Cámara de Diputados, y están a poco de lograr algo similar en el Senado. Si el PRI se presta a este acomodo, será el fin de la democracia, que en México conocimos sólo entre 1996 y 2018. Mañana lo platicamos.

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